


«Kryla» significa «alas» en ucraniano. Una marca de ropa de ciclismo y fitness que tenía que reconocerse a cincuenta metros, en movimiento, desde un coche.
La ropa deportiva tiene un problema que no tiene ningún otro producto: se ve doblada en una tienda, estirada sobre un cuerpo, deformada en movimiento y reducida a un píxel en una foto de grupo. Un logotipo que funciona en papel puede desaparecer por completo en una espalda inclinada sobre el manillar.
No dibujamos un ala — dibujamos su trazo. Dos formas amarillas que arrancan de la cadera y se abren hacia arriba, como el gesto que deja un ala al batir. Funciona porque no es un dibujo que hay que mirar de cerca: es una silueta que el ojo reconoce de lejos, incluso cuando la tela se dobla.

Cada prenda es un lienzo distinto: el maillot corto, el culotte, la malla larga, la sudadera de punto. La marca no podía ser un adhesivo colocado en el mismo sitio, porque ese sitio no existe en todas las prendas. Así que definimos el gesto — de dónde nace el trazo y hacia dónde va — y lo adaptamos patrón a patrón.

Cuando el gesto ya estaba claro, todo lo demás se resolvió solo: cuadernos, etiquetas, packaging. El mismo trazo, la misma pareja de azul y amarillo, el mismo punto de partida.

La identidad se probó donde más duele: en el textil deportivo. Maillot de ciclismo, mochila, tarjeta regalo — el ala azul y el amarillo aguantan el sudor, las costuras y la lavadora.

