


Una marca ucraniana de comida natural: fruta deshidratada, rollitos de fruta, zumos, miel, chocolate. Decenas de sabores, un solo sistema.
El cliente no vendía un producto — vendía un catálogo que crecía cada temporada. Piña, sandía, kiwi, granada, fresa con menta, jengibre con limón… y la lista seguía. Cada sabor nuevo llegaba con su propia etiqueta hecha por alguien distinto. En el lineal, la marca no existía: existían treinta bolsitas de colores que no se reconocían entre sí.
«Ого» en ucraniano es lo que dices cuando algo te sorprende para bien. Ese fue el punto de partida: no un nombre descriptivo, sino una reacción. La marca se construyó sobre las dos letras O — dos anillos que se repiten en cada envase, en cada tamaño, y que funcionan como una firma reconocible incluso cuando el resto cambia.

La solución no fue un diseño, fue una regla: fondo de color propio para cada sabor, fotografía real de la fruta entrando desde el borde, y siempre el anillo en el mismo sitio. Así cualquiera del equipo del cliente puede montar una etiqueta nueva en media hora sin llamarnos — y sigue siendo OGO.

El mismo logotipo tenía que sobrevivir en un rollito de 40 gramos y en una caja de regalo de temporada. En lo pequeño, la fotografía desaparece y sólo quedan el color y el anillo. En lo grande, hacía falta algo más: por eso nació el patrón, para que las cajas y las bolsas tuvieran su propia voz sin dejar de ser la misma marca.

Zumos en botella de litro, miel, chocolate, chips de fruta. Cada línea nueva se resolvió con la misma regla, sin volver a empezar. Eso es lo que convierte una identidad en una herramienta: que aguante lo que todavía no existe.

Granola, miel, barritas de fruta — cada categoría nueva entra en el mismo sistema sin romperlo. El personaje del envase cambia, el anillo se queda.

